Para el alumnado
En esta actividad vamos a hacer algo diferente: dibujar un objeto sin verlo.
El profesor preparará distintos objetos y los colocará dentro de bolsas o recipientes que no permitan ver su interior. No sabremos qué objeto nos ha tocado y no podremos mirarlo hasta terminar el dibujo.
Introduciremos una mano y comenzaremos a explorarlo lentamente mediante el tacto. Podremos recorrer su superficie con los dedos, girarlo, tocar sus bordes, apretarlo suavemente si el material lo permite y comprobar cómo cambia su forma.
Antes de coger el lápiz tendremos que preguntarnos:
¿Es grande o pequeño? ¿Es redondo, alargado o irregular? ¿Tiene esquinas? ¿Es duro o blando? ¿Es liso o rugoso? ¿Tiene agujeros, salientes, curvas o partes diferentes? ¿Pesa mucho? ¿Está frío o templado?
Después intentaremos dibujar la forma que creemos que tiene, utilizando únicamente la información que recibimos a través de nuestras manos.
No se trata solamente de adivinar qué objeto es. Tenemos que intentar representar lo que sentimos al tocarlo.
Si notamos una superficie rugosa podremos representarla mediante líneas o pequeñas marcas. Si encontramos una parte redondeada intentaremos reflejar esa curva. Si una zona es estrecha, ancha, puntiaguda o irregular, tendremos que buscar una manera de trasladarla al papel.
Podremos tocar el objeto todas las veces que necesitemos, pero sin verlo.
Cuando todos los dibujos estén terminados llegará el momento de descubrir el objeto real. Lo sacaremos de la bolsa y compararemos:
¿Qué habíamos imaginado correctamente? ¿Qué parte era diferente? ¿Nos engañó el tacto? ¿Habíamos calculado bien su tamaño? ¿Qué detalles conseguimos reconocer sin utilizar la vista?
Después podremos realizar, si queremos, un pequeño segundo dibujo observando ya el objeto y comparar las dos representaciones:
lo que sentimos frente a lo que vimos.
Esta actividad parte de la idea de El alma de la gallina de Vecindae, donde la creación se realiza a partir de sensaciones obtenidas sin utilizar la vista. En esta versión para Primaria simplificamos la experiencia y concentramos toda la atención en el tacto, la percepción y la representación de la forma.

Para las familias
¿Por qué dibujamos objetos que no podemos ver?
Habitualmente, cuando un niño dibuja un objeto, la vista proporciona casi toda la información: observa su contorno, compara tamaños, identifica colores y analiza sus diferentes partes.
En esta actividad eliminamos deliberadamente esa información visual para obligar al alumnado a construir mentalmente una imagen a partir del tacto.
La propuesta adapta para Primaria la actividad El alma de la gallina de Vecindae, cuya idea central consiste en crear a partir de sensaciones obtenidas sin mirar aquello que se está tocando. (VECINDAE)
En nuestra adaptación, los objetos son seleccionados previamente por el profesor y el trabajo se centra exclusivamente en la exploración táctil y en la representación gráfica de aquello que creemos estar sintiendo.
El alumnado tendrá que recorrer el objeto con las manos e ir construyendo progresivamente una representación mental:
¿Cuál es su tamaño? ¿Qué proporciones tiene? ¿Dónde empieza y termina cada parte? ¿Es simétrico? ¿Tiene curvas, esquinas o huecos? ¿Cómo es su textura?
Esto permite trabajar especialmente la percepción espacial, porque para dibujar algo que no se ve es necesario imaginar cómo están organizadas sus partes.
También se desarrolla la motricidad fina y la sensibilidad táctil. Los dedos dejan de utilizarse únicamente para manipular materiales y pasan a convertirse en una auténtica herramienta de observación.
Otro aprendizaje importante es la relación entre sensación y representación. Un alumno puede percibir una superficie como rugosa y decidir representarla mediante puntos; otro puede utilizar líneas. No existe necesariamente una única solución gráfica para una misma sensación.
La actividad desarrolla además la memoria táctil, la concentración, la atención, la curiosidad, la capacidad de formular hipótesis y la flexibilidad de pensamiento.
Hay también un interesante ejercicio de proporción. Sin poder mirar el objeto, el alumnado debe estimar cuánto mide una parte respecto a otra y trasladar esas relaciones al papel.
La revelación final es especialmente importante. Cuando se muestra el objeto real, no se pretende comprobar simplemente quién “ha acertado”. El objetivo es comparar la imagen mental construida mediante el tacto con la realidad visual y reflexionar sobre las diferencias.
Los alumnos pueden descubrir, por ejemplo, que imaginaron un objeto mucho mayor de lo que realmente era o que interpretaron una pequeña protuberancia como una parte completamente distinta.
Esto permite comprender que nuestros sentidos recogen información, pero también la interpretan.
La actividad favorece finalmente la expresión oral, ya que el alumnado puede explicar:
qué creyó estar tocando, qué pistas utilizó, qué partes le resultaron difíciles de interpretar y qué cambió al poder ver finalmente el objeto.
Los materiales utilizados serán siempre seguros, limpios y adecuados a la edad, evitando piezas cortantes, muy pequeñas, calientes, frágiles o cualquier objeto que pueda provocar daño.
El objetivo final no es conseguir un dibujo perfecto, sino aprender que también podemos observar con las manos y dibujar aquello que nuestra mente construye a partir de lo que sentimos.
